Fuente de la ermita de la Patrona, antaño del Humilladero. / M.D.CRUZ

Los jaraiceños de antaño recurrían a San Bernabé para que lloviera

Sumergían la imagen en el pilón de la ermita de la Patrona y lo premiaban y castigaban por anticipado al grito de «¡Va a llover o no va a llover!»

P.D. Samino
P.D. SAMINO

Cuenta la tradición, que en periodos de sequía como el actual se apelaba a los santos, a los que se sacaba en procesión para que lloviera.

En Jaraíz de la Vera se recurría a San Bernabé, con la particularidad de que lo premiaban y castigaban por anticipado cuando pedían que obrara el milagro para remediar la escasez de agua y poder regar los campos.

Cuando los efectos de la sequía empezaban a sentirse como ahora, los jaraiceños acudían a la ermita del Cristo del Humilladero de la villa (hoy en día de la Patrona), en donde se hacía una fiesta y se le sacaba en procesión hasta el pilón adosado a los muros del santuario y detenía el cortejo procesional. En ese momento los devotos comenzaban el ritual.

Consistía en sumergir en el pilón una pequeña imagen de madera dedicada a San Bernabé, a la que la devoción popular «había asignado especiales méritos para lograr la ansiada lluvia, que era tanto como el maná caído del cielo para los israelitas por el desierto, el remedio para los males del hambre», en este caso para acabar con la sequía, recuerda el escritor jaraiceño José V. Serradilla Muñoz.

Para ello, cuenta, la sacristana, la señora Martina, se encargaba de atar la imagen de San Bernabé con una cuerda por el cuello, y desde lo alto de la fuente pegada a la ermita, propinaban un chapuzón al santo. «En la ceremonia de tal rito intervenía con la sacristana el pueblo fiel que rodeaba la fuente. Desde arriba vociferaba la sacristana: «¡San Bernabé, va a llover o no va a llover!». Y el pueblo fiel congregado gritaba al unísono: «¡Chapuzón otra vez!».

Y con este rito pagano, sumergiendo «a la imagen en el agua un sinnúmero de veces», se creía que el «santo intervendría para que la lluvia llegase». Esta tradición no es tan antigua, pues hasta bien entrado el siglo XX no la erradicó el párroco, a la sazón, Marcelo Giraldo Buhavén.