Ildefonso Trujillo.
Ildefonso Trujillo. / P.D.CRUZ

Ildefonso Trujillo: ''Mi labor social depende totalmente de los donativos que hace la gente''

  • El misionero jaraiceño lleva casi medio siglo dedicado a la ayuda humanitaria en Zimbabwe

Desde su ordenación como sacerdote por la Diócesis de Plasencia, Ildefonso Trujillo tenía la idea de ejercer la labor religiosa en España. Sin embargo, durante su estancia en el seminario, asistió a unas charlas impartidas por unos misioneros que habían estado en África. Ahí comenzó su interés por la ayuda humanitaria y, tras dos años estudiando en Madrid, don Ildefonso se marchó a Zimbabwe, donde es misionero desde hace casi medio siglo. A su llegada en 1968, Zimbabwe era una colonia inglesa, llamada Rhodesia. Los africanos, entonces, eran ciudadanos de segunda o tercera categoría que carecían de derechos; solo la población blanca podía alcanzar puestos políticos. En aquellos tiempos, el gobierno no se cuidaba de la gente que habitaba en las zonas rurales, donde vivía y sigue viviendo la mayor parte de la población del país.

En 1980, la situación de Zimbabwe comenzó a cambiar con la llegada de la independencia. Los africanos pudieron votar y llegar, así, a los organismos de gobierno. Esta situación continúa a día de hoy. Sin embargo, desde finales del siglo veinte, el país se encuentra inmerso en una crisis social y económica que afecta, sobre todo, a la población más empobrecida. La supresión de la moneda nacional, el auge de la corrupción en las instituciones públicas y las dificultades para subsistir de la población son algunas de las causas que hacen de Zimbabwe un territorio sumido en la miseria. Como consecuencia, el pasado mes de julio se inició un movimiento social y de protesta que aboga por cambiar la actual realidad del país.

-¿Qué función realiza usted en Zimbabwe?

-Hago un poco de todo. Soy párroco de la misión de Jotsholo, que abarca muchas poblaciones, por lo que me tengo que desplazar con frecuencia de unas comunidades a otras. Aparte de ejercer como sacerdote, puedo hacer de taxista, llevando al hospital a un enfermo; de arquitecto, construyendo escuelas e iglesias; o incluso de médico. En la misión somos tres sacerdotes y tres religiosas. Nos encargamos de ayudar a unos cincuenta mil habitantes, el total de la población de la zona. Educamos a muchos jóvenes gracias a nuestro centro de formación, y asistimos a huérfanos, inválidos y personas que viven en extrema necesidad.

-Según lo que ha podido ver, ¿qué tipo de vida lleva allí la población?

-Yo vivo en un zona rural, de bosque, donde cada población está constituida por distintas familias que se encuentran separadas las unas de las otras. Por un lado, viven rodeadas de la naturaleza, pero con muchas dificultades. No tienen agua corriente ni carreteras, y las escuelas se encuentran alejadas de las poblaciones, por lo que los jóvenes tienen que hacer muchos kilómetros a pie para poder estudiar. Para ayudar a estos chicos, desde la misión hemos creado un proyecto de bicicletas que facilita su desplazamiento. Aun así, esto no es suficiente. Los chicos salen de noche de casa y llegan de noche a sus casas, por lo que la posibilidad de estudiar es prácticamente nula.

-¿Cómo afecta a su trabajo la actual situación que vive Zimbabwe?

-El movimiento protesta que se está dando a día de hoy ocurre sobre todo en las ciudades, ya que en el bosque la gente vive más aislada. Pero afecta el hambre, la dificultad para sobrevivir, el desgaste de la educación; eso sí. Por lo demás, seguimos trabajando igual: construyendo escuelas, pozos, iglesias. Indirectamente, en Zimbabwe hay mucha emigración, y esto nos perjudica, pues hay muchos jóvenes, a los que educamos, que se acaban marchando a otros países.

-Zimbabwe es un país con un deterioro de derechos y libertades. ¿Ha tenido problemas para ejercer su labor?

-Tuve dificultades durante la guerra civil. Los militares, y luego los guerrilleros, quisieron quemar la misión. Y al final lo consiguieron. Me llegaron a poner la metralleta en el pecho, literalmente. Actualmente, no encontramos muchos problemas para llevar a cabo nuestra labor. Pero como todas las estructuras de gobierno están controladas por el partido gobernante, hay que tener cuidado. Por otra parte, cuando un país pasa por una situación difícil, siempre surgen personas que se quieren aprovechar de eso para explotar a la gente. Yo me he involucrado en esto para evitarlo, lo que me ha traído inconvenientes. Hay que andar con pies de plomo a la hora de hablar y predicar, y siendo consciente de la realidad para saber hasta dónde puede uno llegar.

-¿Ha pensado alguna vez en dejar la misión y volver a España?

-Este año cumplo los cincuenta años de ordenación, y sí que me he planteado dejar la misión que dirijo, la de Jotsholo, porque abarca treinta y cinco comunidades y muchos proyectos de ayuda humanitaria. Es una gran responsabilidad. Pero no he pensado en abandonar Zimbabwe. Mi idea es ayudar a otros sacerdotes africanos, a quienes en su día yo formé.

-¿Qué supone la ayuda que recibe de Cáritas y otras asociaciones? ¿Y a qué va destinada?

-Desde el punto de vista social, dependo totalmente de los donativos que llegan de Jaraíz y de otras partes de España. Todos los proyectos que hemos realizado en Zimbabwe los hemos podido llevar a cabo gracias a este tipo de acciones. Estos gestos de solidaridad se invierten en diferentes ideas: bancos de ganado, herramientas agrícolas, mantas para huérfanos, alimentos para los necesitados, construcciones de escuelas, pozos y casas, centros de formación académica, establos para el ganado, etc. Y ahora tenemos en mente construir un hospital.

-¿Cree usted que los jaraiceños están concienciados con la labor que usted ejerce?

-Por supuesto. Hay personas muy concienciadas, como Cáritas, las amas de casa o el grupo de artesanos de Jaraíz de la Vera, que todos los años realizan una gala solidaria o envían una cantidad de dinero para los proyectos que tenemos en Zimbabwe.

-¿Y cómo ve el futuro de Zimbabwe?

-A corto plazo, lo veo complicado. El actual presidente tiene noventa y dos años y ha dicho que se va a presentar a las próximas elecciones, que son dentro de dos años, lo que aumentará la tensión en la que se encuentra el país. El problema es que no puedo hablar abiertamente de esto. Por otra parte, hay un conflicto dentro del partido gobernante por la sucesión a la presidencia. Pero, a largo plazo, Zimbabwe es un país viable. Confío en que la situación mejore una vez la gente empiece a disfrutar de un verdadero sentido democrático. Por ejemplo, la Constitución de Zimbabwe, que se renovó hace poco tiempo, recoge muchos derechos y libertades, y es muy actual; otra cosa es que se aplique a la realidad. A pesar de esto, actualmente tenemos un déficit muy grande, ya que no producimos. Una vez pase esta crisis y lleguen al gobierno personas formadas, tengo esperanza en la que la situación cambie. A día de hoy, no sé cómo van a acabar las manifestaciones que están teniendo lugar. Espero que no lleguemos a otra guerra civil. Todo dependerá de que el ejército no se divida a causa del conflicto interno del partido gobernante, y también de que impere la razón frente a la barbarie.

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