Doña Marti en unas recientes ferias y fiestas del Tabaco y Pimiento viendo los pasacalles de los encierros. / P.D.SAMINO

DOÑA MARTI

«Seguro que volvería a pasear libros y sueños camino de la academia de la calle Pedreros y allí me reencontraría con doña Marti para agradecerle lo mucho que tantos le debemos»

JOSE MÁRIA CRUZ BARCO

Por la publicación del Hiperlocal HOY Jaraíz de la Vera he conocido la concesión del Premio Picota 2021 a mi profesora de historia, doña Martiria Sánchez López, «en reconocimiento a su trayectoria como docente, investigadora, escritora y enamorada de este pueblo», méritos por los que me extraña no se le haya concedido antes. La entrega, que suele coincidir con la feria y fiestas, selecciona anualmente a personas e instituciones que hayan destacado en su profesión pero, sobre todo, por sus desvelos por el municipio, lo que debo reiterar cumple en demasía y desde hace años. Felicito a la corporación por su acertada elección y, por supuesto, a tan ilustre premiada.

El acta del pleno correspondiente, así como el acto de la entrega, harán una larga enumeración de sus cualidades. Poco importa, pues, que un «jaraiceño más de la diáspora» se sume al relato de merecidos elogios. Sin embargo, es poco probable que, salvo en el recurso lejano y emocionado de estas líneas, encuentre yo mejor ocasión para manifestar mi orgullo de alumno y mi insuficiente agradecimiento. Seguramente ella, al cabo de cincuenta años ocupados por nuevas caras juveniles, me habrá situado en la nebulosa del olvido, cosa que me otorga el privilegio de representar por un instante a muchos hombres y mujeres que ya –en el mejor de los casos- peinamos canas y no la olvidamos. Hubo un tiempo en el que fue posible estudiar en Jaraíz sólo gracias a la aportación, seguramente poco reconocida, de un elenco de profesores del que hoy debo destacar a doña Marti, añadiendo ese mérito a cuantos sobradamente habrán aportado personas que conocen su trayectoria mejor que yo.

Ocurre algunas veces, sin embargo, que el devenir de nuestras pobres vidas concede mayor largueza a los años que a la cordura y suele devolvernos a tiempos tan irreales como felices. No es un destino deseable, pero si tal naufragio ocurriera, tengo por seguro que volvería a pasear libros y sueños camino de la academia de la calle Pedreros y allí me reencontraría con doña Marti para agradecerle lo mucho que tantos le debemos. Más que nada, para intentar conjurar, en lo que pudiera, la remota ingratitud del silencio.