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La Vera: no sabemos lo que tenemos

  • Antología de los lugares más atractivos de esta comarca cacereña, donde, entre Gargüera y Madrigal, la belleza surge inesperada en cada recodo del camino

Lo peor (y lo mejor) que le puede suceder a un cronista es sentarse a escribir y manejar tantos datos, atesorar tantas impresiones y asimilar tantas emociones que le pueda el agobio y no sepa por dónde empezar. Esa variante del síndrome de Stendhal la padecemos en este momento, tras viajar por la carretera Ex-203, desde Gargüera hasta Madrigal.

Hemos recorrido La Vera: un territorio situado entre la sierra y el llano: 80 kilómetros de largo y 18 de ancho, 19 pueblos y 10 gargantas descendiendo desde las montañas de Gredos hasta los llanos del Campo Arañuelo. Un viaje distinto a todos, entre robles, cerezos y groselleros, salpicado de conjuntos histórico artísticos, de iglesias con tesoros formidables, ya sea un retablo, ya sea un órgano barroco, de restaurantes preciosos donde cocinan con esmero y conformando, en fin, un conjunto que ha hecho de La Vera un retiro anhelado por emperadores, artistas y viajeros con criterio.

Quiero empezar a contarles el viaje en su momento culminante. Son las doce de la mañana y nos encontramos en la plaza mayor de Garganta la Olla, debajo de la casa consistorial. Estamos sentados en una terraza, a la sombra. Cuentan las App del móvil que, en ese momento, Badajoz ronda los 38 grados y Cáceres llega a los 37. En esta plaza tenemos 29. Ante nosotros, un vino de pitarra fresquito hecho en el pueblo y una tapa de empanadilla casera recién frita.

En la calle que desemboca en la plaza, señoras vendiendo grosellas y cerezas, casas que anuncian vino de pitarra y comercios de miel, mermelada y kirsch. En un rincón, el museo de la Inquisición; en una calleja, el comienzo de un bello barrio judío de casas con fachadas entramadas; a un paso, la iglesia renacentista con su órgano barroco y su torre de 30 metros con una cruz que, se cree, fue erigida en memoria de las víctimas de la Serrana de la Vera.

Se está bien en esta plaza y el paseo que nos espera promete mucho. A la vuelta, en la oficina de Turismo, Mari Carmen nos ha señalado las joyas de Garganta: la piscina natural, el mirador de La Serrana y diferentes casas singulares, que en tiempos fueron posadas, hospitales o casas de lenocinio como la Casa de las Muñecas, de color añil, y la Casa de Mozas de Fortuna, restos de aquel tiempo en que Garganta la Olla era pueblo principal de la comarca.

Hoy, es la perla turística de La Vera y eso se nota en la cantidad de restaurantes y tiendas de productos regionales y en las oleadas de visitantes, que, a partir del mediodía, llegan a la plaza por la calle principal y se admiran ante la estética sencilla y sin alardes de este pueblo donde al mediodía de un sábado de julio supimos que habíamos encontrado la piedra filosofal del turismo.

Pero antes del clímax, habíamos disfrutado de experiencias con las que confeccionar un florilegio de sensaciones, paisajes y paseos veratos. La iglesia de Gargüera, cuyo bello nombre anterior era Villaflor de la Vera, el pueblecito menos poblado y más tranquilo de la comarca; la torre exenta de la iglesia de Arroyomolinos y su mirador de la plaza de la Atalaya: la blancura de Tejada de Tiétar: dehesas, praderas y una iglesia del XVI declarada monumento histórico-artístico con un magnífico retablo renacentista.

Viniendo desde Plasencia, llegamos al primer pueblo declarado conjunto histórico-artístico. Se trata de Pasarón de la Vera y en este punto debemos detenernos. Si en este viaje tan intenso hemos de hacer una antología de imprescindibles, no tenemos más remedio que hacer caso a las declaraciones oficiales porque en ese punto no hay fallo: los cinco conjuntos histórico-artísticos de La Vera son garantía de acierto seguro.

Si quieren alcanzar el trance enojoso, pero placentero, de quedarse boquiabiertos, deténganse en Pasarón para disfrutar de la belleza de su iglesia, su palacio de los condes de Osorno y sus balcones y galerías; lleguen hasta Villanueva de la Vera para admirar su ayuntamiento, su plaza y su iglesia de los siglos XVI-XVII, declarada monumento histórico-artístico; retrocedan hasta Valverde para pasear por sus calles, entre casas de arquitectura popular y regueros de agua, con los vestigios de su castillo, la prestancia de su iglesia y el poderío de su picota.

Aunque lo que importa de estos cinco pueblos es el todo, ya lo dice la declaración oficial: conjunto histórico artístico. Pasarón, Villanueva, Valverde… Nos faltan dos: Garganta, cuya experiencia ya hemos relatado, y Cuacos de Yuste, que merece una parada demorada y diletante, un café en la plaza porticada, escuchando conversaciones divertidas que sabes cómo empiezan, pero no cómo acaban.

Un caballero cuenta que, en una ocasión, recién llegado del extranjero, paró a comer y refrescarse en un bar llamado El Gallo, cerca de Navalmoral, y resultó ser un restaurante-club de alterne, donde tardaron hora y media en servirle la comida y se largó. Al punto, otro caballero recuerda que en Cuacos hubo un gallo que valió 7.000 duros y la conversación se anima porque el suceso aún no se ha olvidado y consistió en una gamberrada gastronómica con gallo robado y asado por siete vecinos jóvenes, posterior denuncia y multa y, lo más importante, la incorporación de El Gallo de Cuacos al acervo legendario del pueblo.

Así se escribe la intrahistoria de esta comarca, marcada por la estancia histórica del emperador Carlos en Yuste, pero rica en sucedidos, recuerdos y realidades que perduran desde entonces: ya sea una tradición cervecera que se muestra en las tiendas de la zona, ya sea esa vertiente libertina de las casas de muñecas (o los gallos), ya sea la Ruta del Emperador, la Academia de Yuste, el órgano flamenco de la imponente iglesia de Cuacos, ya sea, en fin, la calle que nos lleva desde la plaza mayor hasta esa iglesia, jalonada de mansiones, fuentes, rincones singulares y esplendores pretéritos.

Aunque el monasterio de Yuste haya sido tan descrito y tan contado ya, un viaje por La Vera no puede dejar de lado esa subida por un paseo de dos kilómetros hasta el lugar, con parada obligada en el cementerio alemán y visita a este Real Monasterio, que pertenece al Patrimonio Nacional como el palacio Real de Madrid, El Escorial, el Valle de los Caídos o las Huelgas de Burgos. Se puede pasear gratis por el jardín. El estanque se encuentra en obras y en el interior se pueden fotografiar los claustros, pero no las habitaciones, donde están las estrellas de la visita: sillón para la imperial pierna enferma y lecho de muerte imperial dispuesto para ver el altar mayor. Ante cama y silla, los turistas, en cuanto los vigilantes se distraen, se hacen un selfie poniendo cara… imperial, naturalmente.

La carretera Ex-203, es decir, la que lleva hasta Madrigal de la Vera, avisa al viajero enseguida de que se está adentrando en un paraíso natural. A dos kilómetros de Plasencia, empezaron los bosques de robles. Después, aparecieron los cerezos y enseguida, los castaños, las higueras, las praderas... Es otra de las rutas extremeñas del «no sabemos lo que tenemos». Sí, esos recorridos por comarcas verdes y frondosas, salpicadas de piscinas naturales y pueblos hermosos, donde los extremeños nos asombramos de nosotros mismos y de la riqueza de nuestra tierra y resumimos nuestra emoción con esa frase ta manida como resignada y desesperada: «No sabemos lo que tenemos».

Pues no, no sabemos mucho en torno a la gracia del pueblo verato de Torremenga, con su iglesia de de Santiago, levantada hace 400 años, y su paseo de dos kilómetros uniendo el pueblo con Jaraíz, donde late el trasiego natural de las capitales comarcales, llenas de servicios y oficinas, pero también repleta de atractivos como la Plaza Mayor y las iglesias de Santa Maria de Gracia (monumento histórico-artístico) y de San Miguel, con su Cristo de la escuela de Gregorio Fernández. Y al sur de Jaraíz, Collado, cuya garganta de Pedro Chate convierte el pueblo en un paraíso fluvial.

Recorrido por las gargantas

Gargantas de la Vera: Pedro Chate, Jaraíz y Collado; y la de San Gregorio en Aldeanueva, nuestra siguiente visita, un pueblo famoso por su fuente de ocho caños, su plaza de toros y el retablo de su iglesia de San Pedro. Más gargantas: Mayor en Garganta la Olla y Jaranda en Jarandilla de la Vera, uno de los pueblos emblemáticos de la comarca por su parador de Turismo, antiguo palacio de los Condes de Oropesa, donde el emperador Carlos aguardó a que se adecentara el monasterio para acogerlo. Jarandilla es capital gastronómica de la comarca con su plaza del Ayuntamiento, al pie de la iglesia fortaleza de Nuestra Señora de la Torre, donde las terrazas de La Botica, La Bola y El Patio de la Posada están llenas al anochecer. Y en la carretera, camino de Losar, pero sin salir del pueblo, las tapas elaboradas de K’Leti.

Gargantas de Cuartos y de Vadillo en Losar de la Vera, el pueblo de los setos animados en la carretera, con tres perlas: la plaza del ayuntamiento, la iglesia y la calle del Agua. Más gargantas en Viandar (Meñas, Moros y Covacha), además del retablo de la iglesia y la picota; el paseo reposado por un pueblo bonito y sencillo: Robledillo; en Talaveruela, el más formidable entorno natural y la bóveda mudéjar de la iglesia; y tras los ya mentados Valverde y Villanueva, con su garganta Minchones, llegamos al final de la comarca: Madrigal de la Vera, en el límite con Ávila, donde la garganta Alardos, una de las más bellas de Extremadura por su espacio de baños, su naturaleza y su puente romano, despide al viajero.

Antes de cerrar esta crónica con vocación de antología, subiremos al pueblo más alto de La Vera, a Guijo de Santa Bárbara: 876 metros de altitud, garganta agradable con chiringuito encantador, plaza de toros, dos miradores espectaculares, tiendas populares por sus licores y sus mermeladas, panaderías famosas y un centro de interpretación de la Reserva Natural de Caza, donde Fuencis explica el entorno con gracia y conocimiento. Para comer: Trabuquete, El Bastón del Abuelo y El Refugio. En este último, con vistas formidables a la sierra, dejamos que la vista se pierda, el entendimiento se confunda y una frase nos asalte de manera refleja al repasar nuestro viaje por La Vera: «No sabemos lo que tenemos».

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